18 de mayo de 2012


Allí, sentada en lo más alto, solitario y alejado de mi ciudad, comencé a cavilar sobre la vida y la muerte, si de verdad aportamos algo al mundo y si de verdad merece la pena seguir viva si ya no hay más que desgracias a cada paso que doy. En un monólogo interior, tan intenso y cambiante de opinión que cualquiera que lo oyese pensaría que de una discusión entre un viejo matrimonio se tratase, me di cuenta de que lo que haga alguien no lo hará nadie más, y que por pequeño e insignificante que sea debes hacerlo, porque para eso estás hoy aquí, para entregar al mundo una pequeña parte de ti. Para dejar huella, decía mi padre. Y lo cierto es que, alguna que otra vez, más de una, ya puestos a sincerarme, alcancé a escuchar como mi madre, conversando con quién sabe cuál de todas sus amistades, le decía:                                                     
-Ella tenía que nacer. No ha nacido para ser una persona corriente, como las demás. Ella está aquí para algo.      
Pero no venía a hablaros yo de esto.
Seguía yo en mis cavilaciones y alcancé a entender en claro que a veces es mejor no pensar, porque te puede llevar a realizar actos atroces, de los que nunca estarías dispuesto a hacer, como quitarse la vida. Sí, lo hice, soy una cobarde, lo sé. O quizás soy demasiado valiente, depende de quién y cómo lo mire. Sabía perfectamente, como dije antes, que todos tenemos una pequeña misión en el mundo, sabía que mi madre tenía razón, pero no me importó. Creí que si iba a morir, qué más daría antes o después, si lo iba a hacer igualmente.                                                   
Y hoy tengo que decir, lamentablemente, que me arrepiento. Sí, me arrepiento de haberme quitado la vida, porque vista esta misma desde el punto de mira en el que estoy ahora mismo, no parece tan lúgubre ni tan mal parada. Es más, he dejado sufriendo a muchas personas, en especial a él, mi amor. Llora sin lágrimas, porque ya no le quedan. Respira porque es un acto automático; si no lo fuese ya hace tiempo que se hubiera venido conmigo. Lo peor es que ni siquiera puedo sentir pena por ellos, ni puedo sentirme mal yo, ni puede asaltarme el remordimiento. No puedo sentir nada en este mundo, al que yo solita me he encargado de enviarme. Ese es mi castigo: ver el horror que he causado y no poder sentir nada, absolutamente nada. 


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