Sus ojos brillan más que la luz que entra por la ventana al amanecer. Su sonrisa enloquece más que cualquier luna, en su máximo esplendor. Poder acariciarlo mientras duerme es un manjar de Dioses. Su espalda se convierte cada mañana en una delicada pista de hielo, y mis dedos en un par de patines que se deslizan lenta y suavemente desde su pelo hasta la terminación de su espalda.
Cuando despierta en medio de la noche, me rodea con sus brazos, y entonces ya no necesito manta alguna, él me proporciona todo el calor que necesito. Son como enredaderas, que se entrelazan con mis caderas, mi espalda y mi cuello. Sus dedos y los míos se funden como si de una sola mano se tratase, y quedamos profundamente dormidos.
Dime, ¿no es lo más bonito que le pueda pasar a alguien en esta vida?

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