Cuando mi
padre murió, mi madre decidió enviarnos a mí y a mi pececito Samy a un
internado. Una semana después Samy murió. Fue un momento clave en mi vida. Decidí
no invertir demasiada emoción en una sola cosa, porque te expones al dolor de
perderla.
Una vez juré no invertir demasiada emoción en nadie.
-Te quiero.
-Y yo a ti.
Te quiero
Choco. Un 50%, vida o muerte. Cara vives, cruz mueres. Mi destino era vivir. A
él le tocó morir.
No invertir
demasiada emoción en una sola cosa. Puede parecer inteligente e incluso
saludable, pero ¿de qué nos sirve vivir si no le ponemos emoción?
La vida no
tiene finales felices, es cierto. Y si los tiene, hay pocos y los venden en
subastas o los regalan en tómbolas. Y si no me crees, párate a pensar y date
cuenta de que nos toca ver morir a la gente que queremos, y que al final los
que morimos somos nosotros, haciendo sufrir, a su vez, a los que nos quieren.
Que tenemos que vivir desgracias, más o menos, mayores o menores, pero siempre
nos toca. Tenemos que vivir viendo como la gente más indefensa muere de hambre
y nosotros sin poder hacer nada.
Pero no
podemos cambiar el destino de las cosas. Así que te aconsejo que olvides todo
eso por un momento y te pares a observar como sale el sol por la mañana y como
se oculta cada atardecer. Que cuando veas una flor te pares a olerla, que
disfrutes de la risa de los niños, que leas un libro, o dos, o tres. Date un
baño en el agua del mar, respira profundamente, quédate con lo mejor de cada
sonrisa. Enamórate, enamórale, viaja, da las gracias a quien las tengas que dar
y dile a tu madre que la quieres.
Juégatela a un 50%. Recuerda: cara vives,
cruz mueres.

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