13 de mayo de 2012

Un 50%.


Cuando mi padre murió, mi madre decidió enviarnos a mí y a mi pececito Samy a un internado. Una semana después Samy murió. Fue un momento clave en mi vida. Decidí no invertir demasiada emoción en una sola cosa, porque te expones al dolor de perderla.


Una vez juré no invertir demasiada emoción en nadie.                                                                  
-Te quiero.   
-Y yo a ti.                                                                                                                                                                                                            

Te quiero Choco. Un 50%, vida o muerte. Cara vives, cruz mueres. Mi destino era vivir. A él le tocó morir.

No invertir demasiada emoción en una sola cosa. Puede parecer inteligente e incluso saludable, pero ¿de qué nos sirve vivir si no le ponemos emoción?
La vida no tiene finales felices, es cierto. Y si los tiene, hay pocos y los venden en subastas o los regalan en tómbolas. Y si no me crees, párate a pensar y date cuenta de que nos toca ver morir a la gente que queremos, y que al final los que morimos somos nosotros, haciendo sufrir, a su vez, a los que nos quieren. Que tenemos que vivir desgracias, más o menos, mayores o menores, pero siempre nos toca. Tenemos que vivir viendo como la gente más indefensa muere de hambre y nosotros sin poder hacer nada.
Pero no podemos cambiar el destino de las cosas. Así que te aconsejo que olvides todo eso por un momento y te pares a observar como sale el sol por la mañana y como se oculta cada atardecer. Que cuando veas una flor te pares a olerla, que disfrutes de la risa de los niños, que leas un libro, o dos, o tres. Date un baño en el agua del mar, respira profundamente, quédate con lo mejor de cada sonrisa. Enamórate, enamórale, viaja, da las gracias a quien las tengas que dar y dile a tu madre que la quieres. 
Juégatela a un 50%. Recuerda: cara vives, cruz mueres.


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