A veces damos consejos a los demás, o incluso llegamos a reñirles por algo que han hecho o dicho. También les alentamos para que nunca se rindan, o para que dejen de luchar en una batalla estúpida.
Pero casi nunca nos paramos a mirar nuestros fallos, nuestras malas acciones. Y sobre todo, no nos paramos a mirar nuestros defectos.
A veces, casi sin darnos cuenta, hablamos de los demás como si estuviéramos hablando de nosotros mismos.
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